Se necesitan 8 cartas y un poema para hablar de amor, por Ingrid Müller

 

Instagram: @inimueller

 

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1.

 

Me desperté con las manos empapadas,
la gata está en celo, el gato maúlla.
Me desperté con el ruido de mi propio llanto,
la canilla del baño gotea, los vecinos cogen.
Me desperté con la guardia baja,
mis pobres instintos, tus tristes palabras.
Me dejaste sola a las 3 de la mañana.
Me dejaste sola aquel lunes de mayo cuando te dije
vos pensás
que me vas a amar para siempre?
y bajaste la mirada
y dijiste
hace mucho ya no es siempre.

 

2.

 

No sé cómo fue que empezó, supongo que por eso de los duendes que te roban siempre una sola media, o porque el lavarropas se las come. La cosa es que siempre tenía una media sola de cada par y al principio andaba feliz, como Pippi Langstrumpf, con una de cada color, pero además de los duendes y del lavarropas estaba mi novio, estaba él robándome medias a mí y yo robándole medias a él y así andábamos los dos con medias robadas. Por esa misma época abrió una tienda en Berlín en donde vendían 10 pares de medias negras de un algodón re lindo a €7, así que empecé a comprar un paquete cada vez que iba, y de a poco fueron desapareciendo de nuestros cajones las medias de colores, y me transformé, sin querer, en la mujer que sólo usaba medias negras, y era también entre nosotros un símbolo de unión, amor, pies calentitos, tus medias, mis medias, nuestras medias.

Entonces un día nos separamos. Me quedé sola, con un número impar de medias negras y los pies fríos en una cama vacía.

La tristeza te hace pensar raro, y yo seguí comprando medias negras por sí algún día volvías. Las medias no dejaban de desaparecer y yo no dejaba de comprar medias negras.

Un día escribí una lista de deseos, eran más o menos así:

1. Estar siempre lo más cerca posible del mar

2. Aprender a usar una máquina de coser

3. Ir con mi hermano al Caribe

4. Que mi hermano juegue en Nacional antes de que se muera mi abuelo

5. Que no se muera mi abuelo

6. Escribir un libro

7. Volver a actuar adelante de gente

8. Tatuar a mis amigos

9. Tener medias de colores

Tener medias de colores. Recién al momento de releer mi lista me di cuenta de lo boludo de ese deseo. De lo fácil que era llevarlo a cabo. Pero ahí fue cuando me di cuenta bien de qué se trataba. Volver a tener medias de colores era aceptar que mis medias ahora eran sólo mías, que ya no estaba él para robarme ni una, ni dos, ni ninguna.

A partir de ahí no dejé de ver medias lindas, las veía en todos lados, las quería comprar todas, pero no podía, quería, pero no podía, comprar medias de colores era soltar, dejar ir, aceptar que amarse intensamente a veces no es suficiente. Se me rompía el corazón en cada vidriera, cada foto, cada amiga con medias con dibujitos.

Pasaron muchos meses, y yo aun con un poco de dolor, sabía que todavía no era el momento, que cuando fuera el momento me iba a dar cuenta, que lo iba a sentir como siento todo.

Y así, hace un mes, caminando por una feria en Tokyo le dije a Pau, “me gustaría encontrar unas medias de maneki-neko”, y ahí mismo las vi, las compré y supe que la vida sigue y que a pesar de todo, siempre tengo los pies calentitos.

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3.

 

La única vez que nos vimos yo estaba un poco preocupada, primero porque hacía mucho que no tenía una primera cita, pero sobre todo porque ya lo había puesto en el pedestal inalcanzable de los tipos que jamás van a interesarse por alguien como yo. Además de sus ojos verdes y sus brazos lampiños, me gustaba mucho su forma de escribir. Releí su poesía millones de veces, me aprendí su blog de memoria, escribí algunos de sus poemas en mi cuaderno, los leí en voz alta, se los leí a Camilo y alguna vez hasta lloré con la piel erizada. Muchas veces pensé en escribirle, pero nunca con una intención ulterior, sino simplemente para decirle lo mucho que admiraba su forma de plasmar sentimientos, pero al final tampoco nunca me animaba, hasta que un día, qué sé yo por qué, me animé. Le escribí exactamente esto: “che, sos increíble, hacés que escribir parezca fácil, te leo maravillada desde hace semanas, no pares nunca”.
¿Estás en Uruguay? me preguntó. “Sí”, le respondí. ¿Y estás para tomar una? “También”.
Estaba tratando de hacerme la que para mí era re normal que un tipo como él me invitara a salir. No entiendo cómo hice, le decía a mis amigas, para que este tipo me invite a salir. Lo más out of my league del mundo, seguro ni miró mis fotos, seguro se muere cuando se dé cuenta y tenga que sostener lo insostenible durante el tiempo que dura una cerveza en un vaso. Todos los días siguientes pensé que obvio no me iba a escribir más, y que si me escribía yo le iba a decir que al final no tenía tiempo. Pero me escribió, y junté fuerzas no sé de dónde y le dije que sí, cuando quieras, donde quieras, decime nomás y yo voy. Nos encontramos en alguna esquina de Pocitos y mientras decidíamos qué hacer y a dónde ir, terminamos comprando cosas en un super para comer y tomar en su living. Era simpático, era fácil charlar con él, pero yo todo el tiempo pensaba cómo puede ser que este pibe me haya invitado a salir a mí, pensaba que era una joda, como la vez que me invitaron a un cumpleaños y cuando llegué era mentira. No puedo decir que la estaba pasando mal, la estaba pasando raro, él no me hacía sentir incómoda, pero yo me sentía incómoda porque su presencia me hacía sentir chiquitita y fea. Un poeta talentoso y lindo. Y yo, ahí, queriendo estar a la altura de las circunstancias. A veces él me hablaba y yo ni siquiera lo escuchaba, intentaba captar más o menos de qué iba el tema para tratar de más o menos responderle con coherencia, hablamos un poco de Kerouac y creo que me especificó los distintos puntos de la Ruta 66. Yo sólo le dije que manejé varios kilómetros de esa ruta hace unos años y que todo el tiempo me sentía como un personaje en on the road.
No sé, de repente se paró y se puso frente a mí, con la pelvis a la altura de mi cara, y me agarró el pelo. Yo miré para arriba, lo miré a los ojos. Era realmente muy lindo, y él mismo se levantó la remera dejando ver unos abdominales perfectos. Me tocó la cara y yo me quedé quieta. Me tocó la boca y yo sólo lo miraba. Estábamos por chuponear y yo ahí con las piernas temblorosas. Entonces se bajó el pantalón, se bajó todo, y con la pija en la mano me dijo “bo, mirá que tengo novia”.

 

4.

 

Todo placer es efímero y no hay partícula que no me haga pensar en vos. Veo manos y pienso en tu mano posada en mi rodilla mientras tus ojos verdes contemplan la sonrisa que dejaste rota cuando de tus labios dulces y carnosos salieron palabras tristes.
No sos mío y no soy tuya. Ni ahora ni nunca. ¿Cuánto nos queda por aprender? Pensé que ya sabíamos todo y hoy me di cuenta de que no sabemos nada.
Con vos se empieza siempre de cero.
No me llames, no me grites si te dejo en una esquina y pienso hasta acá llegamos, y me llamás, y me gritás, y escucho Ini a la distancia y tardo en decidir si te ignoro, si te miro, si me doy vuelta y corro hacia vos como corrí la última vez que escuché vení, volvé, que todavía nos queda mucha vida.
Escribo y pienso en tus dedos recorriendo rincones que ya recorrieron otros. Escribo y pienso en tus piernas sobre mis piernas y tu pecho transpirado.
Escribo y pienso: lo contrario al amor es el miedo.

 

5.

 

El día que nos separamos transcribí un poema de Idea Vilariño con la máquina de escribir que me regalaste cuando todavía no sabías que yo ya te amaba. Ya no, ya no soy más que yo para siempre, y tú ya no serás para mí más que tú. Nunca sacaste mis fotos de tu cuarto, pero la más grande la tapaste con el poema que te di en ese papel marrón arrugado y húmedo de lágrimas y roto de tristeza. Cada vez que fui a tu casa durante los siguientes 18 meses me paré frente a mi foto, tapada por ese pedazo de alma, y leí ese poema, y dejé caer mis lágrimas, y una vez no hace tanto, vos me abrazaste fuerte y lloraste conmigo, me dijiste que a veces no podías hacer esto, estar conmigo, ser mi amigo, amarme de lejos, para siempre. Yo lloré más fuerte y te dije si te lastimo decime, y vos como siempre que querés decir algo lo dijiste en silencio, abrazándome más fuerte, llorando con más lágrimas. A veces yo tampoco puedo hacer esto. A veces quisiera saber quién fuiste, qué fui para ti, cómo hubiera sido vivir juntos, querernos, esperarnos, estar.  Pero ya no soy más que yo para siempre, y tú ya no serás para mí más que tú.
Hoy te pienso con el amor que se piensa sólo a unos pocos. Es que uno siempre está solo, pero a veces está más solo.

 

 

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6.

 

Me da miedo que te olvides de mi nombre, de mi cara, de mis manos, de la forma de mi cintura cuando me acariciás despacito, del arco que hace mi espalda cuando me besás todo el cuerpo.
Me cierra el pecho saber que ya no me vas a mirar como me miraste aquella vez acostado boca arriba en la punta de mi cama mientras me hablabas de tus miedos y fracasos y yo sonreía y te decía el miedo es para cobardes y pensaba en que sos lo más lindo que vi en mi vida, que no tiene nada que ver, pero es tan cierto, y yo te miro hasta hoy como aquella primera vez a las 2 de la mañana, llena de dudas y de certezas, y te miro cuando no te das cuenta de que te estoy mirando, así me aprendo de memoria la forma de tus ojos, la curva de tus labios, el color de tu pelo, te miro tocarte la barba, pasarte la mano por el cuello, me aprendo todos tus gestos, y te miro, y tiemblo porque sé que nunca estuvimos tan lejos.

 

7.

 

Mis cartas no son mías cuando las mando al viento, no son tuyas cuando las escribo en secreto, cuando las leo 4 veces antes de dormir y después lloro y sueño contigo. No son tuyas aunque ahí escriba tu nombre mil veces, aunque el papel tenga tu sello, aunque te pienso y te lloro y te imagino en futuros inventados y te ruego que me quieras con palabras disfrazadas. No me creas si te digo que no importa, que igual hablamos mañana, que ahora no tengo tiempo. Es el miedo que me ahoga, que me nubla, me enceguece. No me creas si te digo que no es nada, que es el sueño, que hace noches que no duermo por quedarme dibujando. No me creas si te digo estoy segura mientras te pido un café inventando una sonrisa. No me creas si te digo que te quiero pero más quiero el silencio.

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8.

 

Ningún llanto duele más que el llanto de aeropuerto. Mientras movés la mano con la poca fuerza que te queda como diciendo chau hasta la vuelta, aun cuando no hay vuelta y la puta madre, cómo hago ahora para no llorar a los gritos adelante de toda esta gente que me mira con mi metro y 50 y mis 45 valijas.
Ya pasé por un montón de despedidas y sigo sin aprender cómo se hace. Vos tampoco sabés despedirte y ni siquiera entendí del todo tu trabalenguas de que mejor así porque peor lo otro que es ir despidiéndose de a poquito.
¿Y qué es este último abrazo? Una carta de amor tan fugaz como eterno.
Esta ciudad fue magia pura. Ojalá fuera capaz de escribir lo que sentí la primera noche que llegué a Venecia sola y vi el agua del Adriático frente a mí y pensé en lo afortunada que soy y en cuánto vale la pena la valentía de saltar sin saber dónde está el piso.
Esta ciudad fue magia también en mis dolores, llegué llena de penas y me regalé estar sola conmigo durante meses, me encerré un poco en mí y en mil libros y cuadernos y poemas. Lloré mucho, lloré pila, lloré sola y lloré mientras me abrazaban esos brazos gigantes y calentitos.
Y esta vez pensé en mí, en lo que necesito, en lo que mi corazón grita fuerte: es hora de ir un rato a casa, de que mamá me toque el pelo cuando no me puedo dormir y que la abuela me haga milanesas y después me corte la sandía, le saque las semillas y le ponga un poquito de azúcar.
Es hora de ser amiga de mis amigos. Es hora de ser hermana de mis hermanos.
Venecia fue un desafío, un aprendizaje, un amor.
Con el corazón un poco roto me despido, del agua celestita, de la pizza, del spritz, de la magia en cada esquina y de los rincones más hermosos del planeta. Y de vos, que ahora ya sabés.

 

9.

 

Con el corazón en la mano me despido de mi casa y mi amor. Me alegra sentir tanto, escarbar entre recuerdos, revolver cajas y cajas de dibujos y amor, leer, recordar, abrazarse. Qué sanador compartirlo con la otra mitad de lo que fui todos estos años, mi compañero de equipo y de tanta vida. Qué viaje intenso fue hasta hoy y qué miedo todo lo que vendrá.
Mudarse de país es como abrir el pecho.
Me siento libre y poderosa aun con todas estas lágrimas saladas.

Valeria Martins