por Natalie Dzigciot

TB-dpt (83).jpg

Foto por Paula Aparicio.

 

Tengo 13 años y si mi deseo no es heterosexual se interpreta como un acto de rebeldía. Si lo es, como un acto de deseo. Precoz, pero deseo en fin.

Tengo 13 y empiezo a sentir electricidad cuando me acerco a alguna gente y a entender el cordón que ata cabeza, pecho y bajo vientre. Me enamoro de un chico popular. No el deportista o el abanderado, el popular raro, pero popular en fin. Uno de los que mueve la aguja social del grupo. Un influencer antes de que existiera instagram.                                 

Me enamoro y soy correspondida. Empezamos a hacer cosas de pibes despertándose. Voy a almorzar a la casa y no comemos. La mamá nos grita desde la cocina que se enfrían las milanesas mientras nosotros hervimos. Me doy cuenta cuanto me gusta el sexo y cuánta vergüenza me da. La primer mordaza moral con la que me encuentro. Pero todo estandard: se queda en casa hasta más tarde de lo permitido, alguna manito indiscreta en un recreo, todo sigue los carriles de la normalidad adolescente hasta que ella entra en cuadro a redoblar la apuesta.

Coqueteo entre dos amores. Besos, palitos de la selva, más besos con gusto a los primeros lucky strike, caricias por todos lados y hormigueo vivo.

Me la doy de frente contra una pregunta que a muchos les toca hacerse más adelante ¿Se puede amar a dos personas al mismo tiempo?

Se ve que el ego de él no lo comprende (hoy entiendo yo que amenazar la masculinidad de algunos hombres es una declaración de guerra). Empieza a verme como un bicho raro. Se aleja, me toma un poco de punto (un influencer me tiene de punto a los 13, imaginensé) Pero también me encuentro por vez primera con algo adentro que me dice que le haga caso a mi sed. Sirvió la metralleta de publicidad capitalista.

Tengo 14 y estoy en una montaña rusa. Los polos sensibles de mi cuerpo y de mi cabeza se prenden todos juntos. Siento cosas hermosas y a la vez siento que todo el tiempo estoy haciendo algo malo. La mirada de afuera es o terrible o indiferente. Yo miro mucho para adentro. Todo sigue su rumbo con la intensidad frenética de la edad y  no entiendo como tanto amor puede convertirse en tanta vergüenza. No entiendo cómo alguien que puede estudiar, moverse sola por la ciudad, sentir así, tiene que tener culpa por no poder administrar la dirección del sentimiento. Tampoco entiendo cómo algo que no elijo puede ser tan malo. Claro que todavía no tengo la madurez para formularme esas preguntas, pero hacen mucha presión entre mi cabeza y mi cráneo. La migraña es una amiga que me visita seguido.

Ellas no lo saben pero yo se lo que mi mamá y mi hermana piensan: que quiero llamar la atención, que es un síntoma, que es mi manera de responder a que mi papá no esté en casa. ¿Cambiaría algo que les dijera que unos años atrás, cuando todavía éramos una familia ingalls y yo empezaba a disfrutar de quedarme horas identificando formas entre el marmolado corporal que nos regalaba venus codificado, me gustaba mucho más cantar bingo con una teta que con un pito?

Tengo 14 y un amor clandestino. Nos escondemos en la calle. En paradores de playa. En baños de restaurantes. También nos escondemos de nosotras mismas. Un loop de mentiras y adrenalina que es adictivo pero demasiado doloroso.

Entiendo a los delincuentes. Me siento una. Todos los días vuelvo tarde en taxi a mi departamento en un edificio lujoso, temblando, sintiéndome una dealer de amor prohibido (si, muy cumbia tropical). Paso la seguridad privada sin mirarlos a los ojos. Como si en mi mirada hubiera más mal que en la de un ex policía que le vende droga a adolescentes ricos con tristeza. Así sentía y nadie me contradecía.

Entonces quiero ser todo lo mala que dicen. Ahí está la rebeldía: no en querer a quien se quiere sino en darle razones al discurso que te convence de lo errático que sos.  

Ahí si, porro y pelo de colores. Escaparme. Atracarme. Vomitarme. ¿me vas a decir rebelde? Que sea con causa.

Tengo 15. La relación se termina. Vienen otras, intensas, nunca iguales. A nosotras nos tengo escondidas como mugre abajo de una alfombra blanca. Vuelvo a amar, a definirme.  Sigo escapándome un poco de mi misma. De nosotras no se habla, nunca, con nadie. Vuelvo a besar chicas a escondidas. Ya no me gusta tanto y me siento tranquila.

Tengo 27. Un novio que acepta mis matices. Sigo prefiriendo el porno de chicas. Si vuelvo a salir con una, cambio mentiras por orgullo. Y si, gracias Oreiro, dolor por libertad.

Hace unos días vi un video de una prostituta que respondía cual consultorio sentimental. Alguien le dijo que le daba vergüenza hablar de sus preferencias sexuales con sus amigas. Ella le sugirió replantearse sus relaciones, no sus preferencias. Esa puta me inspiró a escribir esto. Gracias.  Los lazos sanos se tejen con verdad.

No vengo a hablar de moral de familias funcionales. No vengo a hacer juicios de valor sobre como criar a un hijo. No vengo a victimizarme, si la pasé de puta madre. Menos que menos a escribirme un monumento. Vengo a mi cuaderno a rescatar esa parte de mi que sigue a oscuras. Vengo a pedirle mucho perdón.

Vengo a decirte a vos, que con vos viajé muchas veces al interior. Al mío. Que me hiciste amar a mi cuerpo por lo que me hace sentir y no por como se ve y ese fue mi primer y mayor acto subversivo.  Que acariciar tu nuca rapada era como caminar descalza por pasto recién cortado. Vengo a decirte que tu falta de careta fue siempre un faro del que renegué y ya no reniego. Que vos y yo sabemos, hicimos una pequeña gran revolución.

Vengo a decirme que si, que era deseo. A abrazarme por haber cambiado una lamparita que estuvo años haciendo corto. A  aceptar que perdí mucho. Mucho coraje y confianza en mi instinto. Pero que también somos lo que perdemos (y lo que hacemos para recuperarlo)

jimo soriano