por Cinthia Giselle Dalama

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Hace muchos años no tengo lo que socialmente está aceptado como una relación estable.

No estoy enamorada de alguien hace mucho tiempo y tengo muchísimas dudas acerca de

mi sexualidad. También me pasa que, en mis momentos más existenciales, pienso que

nunca más me voy a enamorar o me va a gustar alguien como me gustó mi novio de los 18

años. No me sorprende que esta etapa coincida con el momento en el cual empecé a

escucharme a mi misma y a mirarme al espejo más seguido.

Durante el 2017 cuestioné mucho las relaciones (hola Júpiter en Libra), pero la que más

exploré fue la mía con mi aspecto físico. Hace unos días escribí un pequeño balance del

año pasado y afirmé haber hecho las paces con mi cuerpo. Fue todo un tema escribir ese

statement, sobre todo porque era la primera vez que lo decía de esa forma: era la primera

vez en mi vida que admitía sentirme en paz conmigo misma. Lo necesitaba, sí, como estimo

que lo necesitan todas las mujeres que están expuestas a los medios de comunicación en

esta sociedad. También lo necesitaba porque estuve convencida los últimos años de que no

le gustaba a nadie por mi cuerpo y por cómo me veía. Porque sabía que todo el maquillaje

del mundo no podía taparme ni disimularme más, que ya no había ropa que ocultara mis

estrías y mis brazos gordos.

Estuve mucho tiempo afirmándoles a todos que estaba cómoda con mi soltería y mi

soledad, pero en el fondo, sabía que quería mucho estar con alguien y compartir lo que me

pasaba. También tuve ese momento de mujer cis de clase media: cómo puede ser que no le

guste a nadie (y que no me guste nadie a mí). Es real: estoy cómoda con mi estado civil y

con estar sola la mayoría del tiempo. A veces pienso que estoy demasiado cómoda, pero

me agrada. Creo que estar sola me hizo tener que escucharme sí o sí y dejar de escuchar

un poco la voz de los demás: a veces escuchar tanto a los otros es un poco aturdidor y

confunde.

Me dije: ya basta, y me miré al espejo, pero me miré profundo. Me observé. Puedo señalar

dónde tengo hunditito arriba del labio, dónde están mis lunares y mis manchitas. Dejé de

mirarme sólo para fijarme si estaba bien. Me miro sólo con ese fin: saber que existo, saber

que hay algo más que este cuerpo que cargo, que hay alguien más, que soy una mujer que

otras personas ven, que soy más de lo que me siento que soy, que soy un montón de

versiones.

Después de mirarme, me di cuenta que podía hablar. Que podía decirme todo lo que tenía

guardado hace mucho. Que no tenía por qué seguir callada. Que estaba bien si pensaba

que estaba linda sin maquillarme y sin peinarme. Que no importa si no me lavo la cara y

tengo lagañas. Que me puede gustar mi cara cuando estoy llorando: que me sigo

respetando y pensando que soy valiosa aunque mi cara se hinche y se ponga roja.

Y aunque ahora tengo control, porque creo que pude silenciar esas voces ajenas que me

presionaban, me doy cuenta que hay una voz que sigue ahí: la mía. Repitiendo todo eso

que escuché durante mucho tiempo. Eso de que tenía que ser otra. Más inteligente, más

linda, más flaca, más blanca. Con la panza más chata, con las tetas más juntas, con el pelo

lacio, con las uñas más largas. Tal vez no son sólo los demás, tal vez también soy yo que

no me puedo creer cuando alguien me dice que soy linda. Cuando ese alguien es una de

mis mejores amigas y no tiene por qué mentirme.

Hoy no es que tengo pareja o que estoy enamorada y que ya estoy bien, rehabilitada e

insertada a la sociedad con el chip de la heteronormatividad. No es que pude resolver y

callar a mi voz como hice con las otras. Hoy todavía tengo un millón de dudas y no, no me

gusta nadie (todavía). Pero no dejo que eso me desvele: sigo mirándome al espejo y

descubriéndome a mi misma.

Quererme a la fuerza por Cinthia Giselle Dalama

Fotografías por Paula Aparicio

notasValeria Martins