por Gisela Etlis

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El cuerpo habla por Gisela Etlis.

"Hace unos días cumplí 30 y tengo rosácea. Soy capricornio, con ascendente en capricornio, estudié periodismo, escribo de vez en cuando y trabajo en una agencia de Comunicación y Relaciones Públicas. Mi familia y algunos amigos me pusieron la etiqueta de hippie, relajada y despreocupada que va por la vida de evento en evento 

Y empecé por la edad. De manual, ¿no? Sí. Y seguí por la rosácea. Ahí fui más original. 

La rosácea es una enfermedad crónica de la piel. No tiene cura y si no se trata, puede empeorar. Me la diagnosticaron cuando tenía 15 años porque me ardían un poco las mejillas y estaba coloradita. Una pavada. Jamás me preocupé, sobre todo, porque mientras mis compañeras estaban llenas de granos típicos de la adolescencia, yo tenía una piel de porcelana. Bueno, o así me decían. 

En 2013, tuve un pequeño brote y fui a una dermatóloga cerca de casa. Me recetó antibióticos por 40 días. Los compré, los pagué más de 300 pesos, tomé una pastilla y tiré las demás a la basura. Los medicamentos tradicionales nunca fueron para mí.

Con una crema y la facilidad para negar las cosas que me caracterizaba por ese entonces, se me fue todo. Así, haciéndole honor a mis etiquetas de hippie y despreocupada, me olvidé de mi piel.

El 7 de junio de 2015, Día del periodista, corté con mi novio, después de 7 años. A las dos semanas, tuve el brote más fuerte y más horrible de mi joven vida. 

Dato: la rosácea, en mi piel ultra seca -porque cada piel es diferente- causa descamación, granitos rojos como picaduras de mosquitos y mejillas rojas. 

No quería salir a la calle, no quería mirarme al espejo, no quería que nadie me viera sin mis kilos de maquillaje. Visité a más de cuatro dermatólogos, googleaba todos los días "rosácea", "remedios naturales", "rosácea cura", etc.  Me lavaba los dientes con la luz apagada para no verme. Me quería morir, literal.

Contexto: había cortado con una relación tóxica que empezó a finales de mis 19 y terminó a mis 27 años. En ese lapso de tiempo, eterno, viví en piloto automático, inconforme con casi todo lo que hacía y tenía, y sobre todo, inconforme con quién era. ¿Quién era? No tengo idea. Cuando intento recordar qué quería, qué me gustaba, qué pensaba en ese momento, no lo logro. No sé. No era, no estaba. Pero en las fotos me veía flaca, rubia platinada, de novia y con la piel de porcelana.

Y ahí, a mediados de 2015, me había quedado sola, sin conocerme y encima, con la cara toda brotada. Pasé noches llorando sin parar y sentía que nadie me entendía de verdad. Empecé a comer, sentí ansiedad por primera vez, subí unos 7 o 10 kilos. Tapaba todo con mucho trabajo y me daba terror tener una cita con un chico. Aunque, a veces, le ponía el pecho a las balas, salía, y no me iba tan mal. 

Pasaban los meses, la bases, los miedos y las harinas refinadas. Mi piel no cedía. Me odiaba, odiaba mi cara, mi cuerpo, odiaba no ser linda. ¿Qué? "Linda". Estaba completamente deprimida, apagada y pocas personas sabían exactamente cuánto me dolía. Hasta dónde llegaba mi intolerancia a semejante karma. Sola, insegura, fea, gorda, triste. Algo tenía que aprender, seguro, pero ya no me quedaban fuerzas. 

Cuando da la sombra en algún lugar, del otro lado hay luz y entendí que en mi vida pasaba lo mismo: el lado B de la soltería rosa estuvo repleto de amistad, planes, viajes, crecimiento profesional y mucha catarsis. Empecé a hablar, empecé a conocerme, empecé a escribir más que nunca. Empecé a pensar en mí y a escuchar un poco más a los demás. Descubrí  la empatía, desarrollé una honestidad que hoy, creo, me trae algunos problemas, pero duermo más tranquila. De golpe, percibí que muchos se abrían conmigo para contarme intimidades, confiarme sus miedos. Me sentí valorada por primera vez. Yo, la chica con rosácea que pocas veces se había sentido amada. 

Si no sale por un lado, sale por el otro. Y así fue. A fines de 2016, tenía la piel mucho mejor. No perfecta, no de porcelana, pero sin tanta carga negativa. Parece sacado de un libro de autoayuda, pero de verdad, no es magia. Es doloroso, es incómodo, es agotador y hasta frustrante: pero dejar la pose es el salvoconducto a una vida más liviana. No más feliz, más liviana, más libre. 

Respecto a mi piel, la hidrato con aceite de jojoba todos los días, trato de ponerme protector solar y hago más chistes. 

Y como me encanta creer que me las sé todas, acá va una orden: 

Hablá, si no te sale, gritá. Si no podés, escribí o pintá o corré o cantá. Lo que te salga. Cuánto más sacás, más te conocés, y entendés un poco más qué querés y qué ya no. Qué parte de vos es tuya y qué parte te impusieron. Y cuando hagas el click y se te caiga la ficha, esa que dice que podés cambiar casi todo lo que no te gusta de tu vida, te va a dar mucha paja, lo sé, pero ese día, se te escapará una sonrisa que ni la rosácea, ni los 30 pueden arruinar.

 

Foto por Paula Aparicio

Valeria Martins