por cinthia dalama

 Foto por Viole Parisi

Foto por Viole Parisi

Soy mujer, escribo con la mano izquierda, nací en Latinoamérica, soy bisexual y gorda. Estoy lejos de ser el modelo de mujer que esta sociedad machista espera.

Cuando era más chica sufría un montón por mi forma de ser. Todo el tiempo quería ser otra persona, admiraba a mis compañeras del colegio porque eran flacas y socialmente lindas.

A pesar de que mi mamá se esmeró mucho por hacerme entender que yo era “grandota” y muy inteligente, no me bastaba para poder saciar mis ganas de parecerme a mis compañeras. Parece hasta incoherente querer ser como todos son, pero mi yo de los 15 años sólo quería eso.

Bajé tantas veces de peso y volví a subir que ya no me alcanzan los dedos de las manos para contarlas. He estado tan flaca como las otras, pero me miraba al espejo y seguía insatisfecha. Mientras escribo esto siento un poco de bronca, porque creo que hubiese bastado con que una sola persona me dijera que mi cuerpo estaba bien para que le creyera. Viví, como la mayoría de las mujeres que me rodea, anhelando tener un cuerpo que no tengo y creyendo que la belleza era algo que sólo iba a alcanzar si hacía dieta o iba al gimnasio.

Soy bastante cabeza dura y fue ese, tal vez, el detonante. Soy una persona que disfruta de cuestionar todo a su alrededor, pero cuando sos adolescente es difícil ser diferente. Hubieron días en los cuales no soportaba ser yo misma, porque me dolía ser. Una vez en terapia, Mirtha, mi psicóloga, me dijo que todos sufrían de una u otra forma. No me convence que me den como respuesta “todos hacen esto” porque yo, muy en el fondo, tenía claro que lo que hacían todos podía no ser algo que estuviese bueno. Así fue como le contesté: “a nadie le duele como a mí”. Parece egoìsmo puro decir que mi dolor es único y no se compara con el de los demás, pero también es muy característico sentirse único y solo.

Hoy me atrevo a decir que la literatura me salvó la vida. Tanto escribir como leer hicieron que mi vida fuese un poco menos terrible durante mi adolescencia. Recuerdo siempre una cita de Frida Kahlo diciendo que seguramente habría alguien en el mundo que se sintiese como ella. También recuerdo a Alejandra Pizarnik diciendo que las palabras le dolían y que por eso iba a dejar de hacerlo. ¿Cómo podía sentirme tan cercana a personas que ni siquiera estaban conmigo en la misma habitación y nunca iba a conocer? ¿Cómo es posible que sin siquiera conocernos o saber cómo me sentía exactamente, hubiesen personas que pudiesen describir de una forma tan acertada qué era lo que me pasaba? Al final de cuentas había encontrado el remedio para tanto dolor. Al fin había un espacio donde no importaba cómo era yo, sino que importaba qué sentía.

Me acuerdo que me sentaba lejos de todos y leía. Hundía mi nariz entre los libros. En ese momento sólo sabía que evadía la realidad, pero ahora sé que estaba encontrando herramientas para defenderme de una sociedad que lucha todos los días para obligarme a ser de otra manera.

Leer y escribir me dieron el coraje para estar hoy donde estoy. ¿Quién iba a creer que las que yo creía que eran mis debilidades iban a ser mis fortalezas?

notasValeria Martins